El 3 de enero de 2026, las fuerzas armadas estadounidenses lanzaron un “ataque masivo” contra Venezuela, y el presidente Maduro fue arrestado y trasladado rápidamente.
Algunos comentaron, “Un emisor de Memecoin arrestó a un emisor de RWA Token”.
Y eso es exactamente lo que ocurrió.
El 20 de febrero de 2018, el presidente venezolano Maduro anunció en un discurso televisado la emisión de la primera moneda digital respaldada por un Estado soberano en el mundo, el Petro.
En ese momento, Venezuela atravesaba la crisis económica más grave de su historia, con una inflación que se disparó hasta casi el 1,000,000% (no es broma), y su moneda nacional, el bolívar, se devaluaba como papel, mientras las sanciones severas de EE. UU. agravaban aún más la situación de esta nación petrolera sudamericana.
Maduro confiaba en que esta moneda digital sería la última esperanza para salvar al país.
Sin embargo, a principios de 2024, cuando el gobierno venezolano silenciosamente dejó de operar el Petro, el mundo apenas mostró sorpresa.
Este símbolo digital, alguna vez considerado como “la primera criptomoneda soberana del mundo”, en su breve existencia, casi nunca llegó a “vivir”. Su fin fue como un silencio tras un drama ruidoso, poniendo fin a una historia de realismo mágico sobre tecnología criptográfica, soberanía nacional y colapso económico.
El destino del Petro refleja un colapso total del sistema de gobernanza del país.
Sobre las ruinas, nace el Petro
Para entender el Petro, primero hay que comprender Venezuela antes de su creación.
Era un país abrasado por una hiperinflación maligna, donde el valor de la antigua moneda, el bolívar, se evaporaba por horas, y los ahorros de toda una vida se perdían en una noche. Al mismo tiempo, las severas sanciones financieras de EE. UU. funcionaban como una soga invisible que apretaba la economía venezolana, aislándola casi por completo del sistema financiero global.
Sobre esas ruinas económicas, surgió el Petro, con la misión casi imposible de “salvar la nación”.
Su visión era grandiosa y seductora.
Primero, el Petro buscaba sortear el sistema financiero internacional dominado por el dólar mediante blockchain, abriendo una nueva vía de financiamiento y pagos; segundo, afirmaba que cada Petro estaba respaldado por un barril de petróleo real, con un total de 100 millones de tokens, valorados en 60 mil millones de dólares.
En agosto de 2018, Venezuela oficializó el Petro como su segunda moneda oficial, en paralelo con el debilitado bolívar.
El gobierno de Maduro promovió el Petro sin precedentes.
Pagos de pensiones a jubilados, bonos navideños para funcionarios y militares, todo en Petro. Incluso, a finales de 2019, Maduro transmitió en vivo por televisión que “regaló” 0.5 Petro a todos los jubilados del país como regalo navideño.
Además de la promoción interna, Venezuela intentó convencer a más países de usar el Petro.
La revista Time reveló que el Petro contó con la aprobación personal de Putin, y Rusia envió dos asesores para participar en su diseño. Moscú prometió invertir en el Petro y consideró usarlo en comercio bilateral para desafiar la hegemonía del dólar.
Venezuela también buscó extender el Petro a los países miembros de la OPEP, con la esperanza de crear un sistema de comercio petrolero desdolarizado. El ministro de petróleo, Quevedo, afirmó públicamente: “El Petro será un medio de pago aceptado por todos los países de la OPEP.”
Para ampliar su uso, el gobierno de Maduro se convirtió en un proyecto de criptomonedas, estableciendo infraestructura completa, ofreciendo tutoriales detallados en su sitio oficial, e incluso desarrollando cuatro aplicaciones ecológicas, autorizando a exchanges como Cave Blockchain y Bancar a vender Petro públicamente.
Pero la realidad pronto golpeó duramente al gobierno de Maduro.
La indiferencia y las dudas del pueblo
El fervor del gobierno venezolano por promover el Petro encontró una fuerte resistencia en la población.
En la publicación de Maduro en Facebook anunciando la emisión del Petro, la mayoría de los comentarios con más “me gusta” decían: “Increíble que todavía haya quienes apoyen a este gobierno pésimo… están destruyendo el país.” Otro comentario popular decía: “El gobierno ya está acostumbrado a que cada tontería fracase y a culpar a otros países.”
El analista venezolano Gonzalo fue más crítico en Twitter: “El Petro es el narcótico de este país fracasado.”
La mala experiencia con la plataforma agravó la desconfianza. La inscripción para obtener Petro era extremadamente estricta, requiriendo subir fotos del DNI, dirección, teléfono, etc., pero muchas solicitudes eran rechazadas sin motivo aparente. Incluso quienes lograban registrarse, enfrentaban fallos frecuentes en el sistema “Billetera Patria”, que a menudo no funcionaba.
Lo peor fue la experiencia de pago. Muchos comerciantes reportaron fallos en pagos con Petro, y el gobierno tuvo que admitir fallos en el sistema y ofrecer compensaciones.
Una venezolana comentó: “Aquí, no sentimos que el Petro exista.”
Por su parte, EE. UU. también tomó medidas contra el Petro.
En marzo de 2018, apenas un mes después de su lanzamiento, Trump firmó una orden ejecutiva que prohibía a los ciudadanos estadounidenses comprar, poseer o comerciar con Petro. El Departamento del Tesoro aclaró que cualquier transacción relacionada sería considerada una violación de las sanciones contra Venezuela.
Las sanciones se ampliaron rápidamente. En 2019, EE. UU. sancionó al banco ruso Evrofinance Mosnarbank, por financiar el Petro. El Departamento del Tesoro calificó al Petro como un “fracaso” que intentaba ayudar a Venezuela a evadir las sanciones estadounidenses.
La moneda de aire con apariencia de petróleo
El problema más grave del Petro es que, desde el punto de vista técnico y económico, no tiene sustento.
La verdadera esencia de las criptomonedas es la confianza descentralizada. El Petro, en cambio, es una base de datos centralizada controlada por el gobierno.
Para un venezolano común, esto significa que el valor de su Petro en la billetera digital no está determinado por el mercado, sino que puede ser modificado arbitrariamente por una orden presidencial.
El gobierno venezolano afirmó que cada Petro estaba respaldado por un barril de petróleo, proveniente de Atapirire, en la región de Ayacucho, con reservas de 5.3 mil millones de barriles. Pero tras visitar la zona, un reportero de Reuters encontró caminos destrozados, equipos oxidados y vegetación por doquier, sin señales de una explotación petrolera a gran escala.
El exministro de petróleo, Rafael Ramírez, en el exilio, estimó que para extraer los 5.3 mil millones de barriles prometidos, se necesitarían al menos 200 mil millones de dólares, una cifra inalcanzable para un gobierno que necesita importar incluso alimentos básicos.
Ramírez afirmó sin rodeos: “El Petro es un valor arbitrario, solo existe en la imaginación del gobierno.”
Aún más absurdo, el gobierno venezolano modificó discretamente los activos que respaldan el Petro, cambiando del respaldo 100% en petróleo a una mezcla de petróleo, oro, hierro y diamantes en proporciones de 50%, 20%, 20% y 10%, respectivamente.
Este tipo de cambios arbitrarios en la “hoja de ruta” del proyecto, incluso en el mundo cripto, son considerados malas prácticas.
En el plano técnico, también hay serios problemas. Aunque el Petro afirma estar basado en blockchain, su explorador muestra datos muy extraños. La hoja de ruta dice que cada Petro debería generar un bloque cada minuto, como Dash, pero en realidad, los bloques se generan cada 15 minutos, y las transacciones en la cadena son casi inexistentes.
A diferencia de Bitcoin y otras criptomonedas descentralizadas, el precio del Petro está completamente controlado por el gobierno. La tasa de cambio inicial era de 1 Petro = 3600 bolívares, luego ajustada a 6000, y después a 9000.
Aunque el gobierno anunció un precio oficial de 60 dólares, en el mercado negro de Caracas, solo se puede cambiar por bienes o dólares en efectivo por menos de 10 dólares, si se tiene suerte y se encuentra alguien dispuesto a aceptar.
El Petro, en esencia, es una herramienta de control disfrazada de blockchain.
El golpe final, la corrupción interna
Si el Petro ha estado en declive, la última gota que colmó el vaso fue un escándalo de corrupción interna de proporciones épicas.
El 20 de marzo de 2023, estalló un “terremoto” en la política venezolana.
El ministro de petróleo, Tareck El Aissami, anunció repentinamente su renuncia.
Días antes, la policía anticorrupción arrestó a su principal asistente, el director de SUNACRIP, Joselit Ramírez Camacho, responsable de la regulación y operación del Petro.
A medida que avanzaba la investigación, salió a la luz una estafa multimillonaria.
El fiscal general, Tarek William Saab, reveló que algunos altos funcionarios utilizaban la agencia reguladora de criptomonedas y las empresas petroleras para firmar contratos de carga de petróleo sin control ni garantías, y que los fondos de las ventas no llegaban a la estatal PDVSA, sino que se transferían a bolsillos privados mediante criptomonedas.
La investigación estimó que el monto involucrado oscilaba entre 3.000 y 20.000 millones de dólares, y que estos fondos corruptos se usaron para comprar bienes raíces, criptomonedas y minar encriptados.
En abril de 2024, arrestaron a El Aissami, enfrentando cargos de traición, lavado de dinero y asociación delictiva, y más de 54 personas fueron acusadas por su participación en la trama corrupta.
Este escándalo de corrupción supuso un golpe mortal para la industria de criptomonedas en Venezuela. SUNACRIP fue forzada a suspender operaciones, y el gobierno lanzó una campaña nacional contra la minería, confiscando más de 11,000 ASICs y desconectando todos los mineros del sistema eléctrico nacional.
Para 2024, el gobierno dejó de negociar el Petro, prohibió la minería de criptomonedas en todo el país y cerró todos los exchanges autorizados. Una industria que en su momento fue promovida con entusiasmo, colapsó por completo ante la corrupción.
El experimento del Petro fracasó rotundamente, no por las sanciones de Washington, sino por su propia corrupción interna.
Una herramienta diseñada para resistir sanciones externas, terminó siendo un medio para lavar dinero para funcionarios corruptos.
Un reflejo del fracaso del Estado
La trayectoria del fracaso del Petro casi replica la lógica del colapso de la gobernanza venezolana.
Es una política de “parche en la herida”. Frente a problemas estructurales profundos, el gobierno opta por crear un espectáculo llamativo, intentando cubrir la podredumbre económica real con una ilusión digital. Es como si, ante un edificio inclinado por cimientos dañados, los gestores solo le dieran una mano de pintura brillante a la fachada.
El intento del gobierno de Maduro de resolver los problemas institucionales mediante tecnología es un error en sí mismo. El valor de una criptomoneda sigue dependiendo de la confianza en su emisor. En un país con una inflación de millones por ciento y donde la vida básica no está garantizada, ¿qué credibilidad puede tener el gobierno? La población ya no confía en su moneda tradicional, ¿cómo aceptarían una moneda digital completamente nueva?
El Petro, en realidad, agotó las últimas reservas de confianza en el gobierno.
Imagina a una jubilada, cuyos ahorros han sido devorados por la inflación, y que ahora recibe su pensión en Petro. Ella saca su teléfono, entra en varias tiendas, y siempre recibe la misma respuesta: “No aceptamos eso”, o “el sistema está caído”.
El problema fundamental de Venezuela radica en su estructura económica. El país padece la enfermedad de “la enfermedad de Holanda”, demasiado dependiente del petróleo, con una industria manufacturera en declive y una economía extremadamente monolítica. Cuando el precio del petróleo cae, toda la economía colapsa. El Petro intenta usar el petróleo como ancla, pero solo aumenta la dependencia del petróleo sin resolver los problemas estructurales.
En la práctica, el gobierno venezolano carece de las capacidades técnicas y operativas básicas para implementar proyectos blockchain. Desde fallos en los datos de la cadena, hasta errores en los sistemas de pago y mecanismos de precios arbitrarios, cada detalle revela un equipo improvisado, incluso peor que un estudio externo en Shenzhen.
Hoy, el Petro ha sido completamente olvidado en la historia. El “experimento de Maduro” terminó en un fracaso rotundo, y Venezuela sigue hundida en la crisis, con su gente sufriendo en medio de la inflación.
La verdadera salida del país no está en buscar otro “Petro” digital, sino en tener el valor de afrontar la realidad, volver a la sensatez y comenzar esa transformación que ya debería haberse iniciado hace mucho tiempo.
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Historia de la desaparición de la moneda de petróleo: “Un que emitió Memecoin arrestó a quien emitió RWA Coin”
Escrito por: Xiao Bing|Deep Tide TechFlow
El 3 de enero de 2026, las fuerzas armadas estadounidenses lanzaron un “ataque masivo” contra Venezuela, y el presidente Maduro fue arrestado y trasladado rápidamente.
Algunos comentaron, “Un emisor de Memecoin arrestó a un emisor de RWA Token”.
Y eso es exactamente lo que ocurrió.
El 20 de febrero de 2018, el presidente venezolano Maduro anunció en un discurso televisado la emisión de la primera moneda digital respaldada por un Estado soberano en el mundo, el Petro.
En ese momento, Venezuela atravesaba la crisis económica más grave de su historia, con una inflación que se disparó hasta casi el 1,000,000% (no es broma), y su moneda nacional, el bolívar, se devaluaba como papel, mientras las sanciones severas de EE. UU. agravaban aún más la situación de esta nación petrolera sudamericana.
Maduro confiaba en que esta moneda digital sería la última esperanza para salvar al país.
Sin embargo, a principios de 2024, cuando el gobierno venezolano silenciosamente dejó de operar el Petro, el mundo apenas mostró sorpresa.
Este símbolo digital, alguna vez considerado como “la primera criptomoneda soberana del mundo”, en su breve existencia, casi nunca llegó a “vivir”. Su fin fue como un silencio tras un drama ruidoso, poniendo fin a una historia de realismo mágico sobre tecnología criptográfica, soberanía nacional y colapso económico.
El destino del Petro refleja un colapso total del sistema de gobernanza del país.
Sobre las ruinas, nace el Petro
Para entender el Petro, primero hay que comprender Venezuela antes de su creación.
Era un país abrasado por una hiperinflación maligna, donde el valor de la antigua moneda, el bolívar, se evaporaba por horas, y los ahorros de toda una vida se perdían en una noche. Al mismo tiempo, las severas sanciones financieras de EE. UU. funcionaban como una soga invisible que apretaba la economía venezolana, aislándola casi por completo del sistema financiero global.
Sobre esas ruinas económicas, surgió el Petro, con la misión casi imposible de “salvar la nación”.
Su visión era grandiosa y seductora.
Primero, el Petro buscaba sortear el sistema financiero internacional dominado por el dólar mediante blockchain, abriendo una nueva vía de financiamiento y pagos; segundo, afirmaba que cada Petro estaba respaldado por un barril de petróleo real, con un total de 100 millones de tokens, valorados en 60 mil millones de dólares.
En agosto de 2018, Venezuela oficializó el Petro como su segunda moneda oficial, en paralelo con el debilitado bolívar.
El gobierno de Maduro promovió el Petro sin precedentes.
Pagos de pensiones a jubilados, bonos navideños para funcionarios y militares, todo en Petro. Incluso, a finales de 2019, Maduro transmitió en vivo por televisión que “regaló” 0.5 Petro a todos los jubilados del país como regalo navideño.
Además de la promoción interna, Venezuela intentó convencer a más países de usar el Petro.
La revista Time reveló que el Petro contó con la aprobación personal de Putin, y Rusia envió dos asesores para participar en su diseño. Moscú prometió invertir en el Petro y consideró usarlo en comercio bilateral para desafiar la hegemonía del dólar.
Venezuela también buscó extender el Petro a los países miembros de la OPEP, con la esperanza de crear un sistema de comercio petrolero desdolarizado. El ministro de petróleo, Quevedo, afirmó públicamente: “El Petro será un medio de pago aceptado por todos los países de la OPEP.”
Para ampliar su uso, el gobierno de Maduro se convirtió en un proyecto de criptomonedas, estableciendo infraestructura completa, ofreciendo tutoriales detallados en su sitio oficial, e incluso desarrollando cuatro aplicaciones ecológicas, autorizando a exchanges como Cave Blockchain y Bancar a vender Petro públicamente.
Pero la realidad pronto golpeó duramente al gobierno de Maduro.
La indiferencia y las dudas del pueblo
El fervor del gobierno venezolano por promover el Petro encontró una fuerte resistencia en la población.
En la publicación de Maduro en Facebook anunciando la emisión del Petro, la mayoría de los comentarios con más “me gusta” decían: “Increíble que todavía haya quienes apoyen a este gobierno pésimo… están destruyendo el país.” Otro comentario popular decía: “El gobierno ya está acostumbrado a que cada tontería fracase y a culpar a otros países.”
El analista venezolano Gonzalo fue más crítico en Twitter: “El Petro es el narcótico de este país fracasado.”
La mala experiencia con la plataforma agravó la desconfianza. La inscripción para obtener Petro era extremadamente estricta, requiriendo subir fotos del DNI, dirección, teléfono, etc., pero muchas solicitudes eran rechazadas sin motivo aparente. Incluso quienes lograban registrarse, enfrentaban fallos frecuentes en el sistema “Billetera Patria”, que a menudo no funcionaba.
Lo peor fue la experiencia de pago. Muchos comerciantes reportaron fallos en pagos con Petro, y el gobierno tuvo que admitir fallos en el sistema y ofrecer compensaciones.
Una venezolana comentó: “Aquí, no sentimos que el Petro exista.”
Por su parte, EE. UU. también tomó medidas contra el Petro.
En marzo de 2018, apenas un mes después de su lanzamiento, Trump firmó una orden ejecutiva que prohibía a los ciudadanos estadounidenses comprar, poseer o comerciar con Petro. El Departamento del Tesoro aclaró que cualquier transacción relacionada sería considerada una violación de las sanciones contra Venezuela.
Las sanciones se ampliaron rápidamente. En 2019, EE. UU. sancionó al banco ruso Evrofinance Mosnarbank, por financiar el Petro. El Departamento del Tesoro calificó al Petro como un “fracaso” que intentaba ayudar a Venezuela a evadir las sanciones estadounidenses.
La moneda de aire con apariencia de petróleo
El problema más grave del Petro es que, desde el punto de vista técnico y económico, no tiene sustento.
La verdadera esencia de las criptomonedas es la confianza descentralizada. El Petro, en cambio, es una base de datos centralizada controlada por el gobierno.
Para un venezolano común, esto significa que el valor de su Petro en la billetera digital no está determinado por el mercado, sino que puede ser modificado arbitrariamente por una orden presidencial.
El gobierno venezolano afirmó que cada Petro estaba respaldado por un barril de petróleo, proveniente de Atapirire, en la región de Ayacucho, con reservas de 5.3 mil millones de barriles. Pero tras visitar la zona, un reportero de Reuters encontró caminos destrozados, equipos oxidados y vegetación por doquier, sin señales de una explotación petrolera a gran escala.
El exministro de petróleo, Rafael Ramírez, en el exilio, estimó que para extraer los 5.3 mil millones de barriles prometidos, se necesitarían al menos 200 mil millones de dólares, una cifra inalcanzable para un gobierno que necesita importar incluso alimentos básicos.
Ramírez afirmó sin rodeos: “El Petro es un valor arbitrario, solo existe en la imaginación del gobierno.”
Aún más absurdo, el gobierno venezolano modificó discretamente los activos que respaldan el Petro, cambiando del respaldo 100% en petróleo a una mezcla de petróleo, oro, hierro y diamantes en proporciones de 50%, 20%, 20% y 10%, respectivamente.
Este tipo de cambios arbitrarios en la “hoja de ruta” del proyecto, incluso en el mundo cripto, son considerados malas prácticas.
En el plano técnico, también hay serios problemas. Aunque el Petro afirma estar basado en blockchain, su explorador muestra datos muy extraños. La hoja de ruta dice que cada Petro debería generar un bloque cada minuto, como Dash, pero en realidad, los bloques se generan cada 15 minutos, y las transacciones en la cadena son casi inexistentes.
A diferencia de Bitcoin y otras criptomonedas descentralizadas, el precio del Petro está completamente controlado por el gobierno. La tasa de cambio inicial era de 1 Petro = 3600 bolívares, luego ajustada a 6000, y después a 9000.
Aunque el gobierno anunció un precio oficial de 60 dólares, en el mercado negro de Caracas, solo se puede cambiar por bienes o dólares en efectivo por menos de 10 dólares, si se tiene suerte y se encuentra alguien dispuesto a aceptar.
El Petro, en esencia, es una herramienta de control disfrazada de blockchain.
El golpe final, la corrupción interna
Si el Petro ha estado en declive, la última gota que colmó el vaso fue un escándalo de corrupción interna de proporciones épicas.
El 20 de marzo de 2023, estalló un “terremoto” en la política venezolana.
El ministro de petróleo, Tareck El Aissami, anunció repentinamente su renuncia.
Días antes, la policía anticorrupción arrestó a su principal asistente, el director de SUNACRIP, Joselit Ramírez Camacho, responsable de la regulación y operación del Petro.
A medida que avanzaba la investigación, salió a la luz una estafa multimillonaria.
El fiscal general, Tarek William Saab, reveló que algunos altos funcionarios utilizaban la agencia reguladora de criptomonedas y las empresas petroleras para firmar contratos de carga de petróleo sin control ni garantías, y que los fondos de las ventas no llegaban a la estatal PDVSA, sino que se transferían a bolsillos privados mediante criptomonedas.
La investigación estimó que el monto involucrado oscilaba entre 3.000 y 20.000 millones de dólares, y que estos fondos corruptos se usaron para comprar bienes raíces, criptomonedas y minar encriptados.
En abril de 2024, arrestaron a El Aissami, enfrentando cargos de traición, lavado de dinero y asociación delictiva, y más de 54 personas fueron acusadas por su participación en la trama corrupta.
Este escándalo de corrupción supuso un golpe mortal para la industria de criptomonedas en Venezuela. SUNACRIP fue forzada a suspender operaciones, y el gobierno lanzó una campaña nacional contra la minería, confiscando más de 11,000 ASICs y desconectando todos los mineros del sistema eléctrico nacional.
Para 2024, el gobierno dejó de negociar el Petro, prohibió la minería de criptomonedas en todo el país y cerró todos los exchanges autorizados. Una industria que en su momento fue promovida con entusiasmo, colapsó por completo ante la corrupción.
El experimento del Petro fracasó rotundamente, no por las sanciones de Washington, sino por su propia corrupción interna.
Una herramienta diseñada para resistir sanciones externas, terminó siendo un medio para lavar dinero para funcionarios corruptos.
Un reflejo del fracaso del Estado
La trayectoria del fracaso del Petro casi replica la lógica del colapso de la gobernanza venezolana.
Es una política de “parche en la herida”. Frente a problemas estructurales profundos, el gobierno opta por crear un espectáculo llamativo, intentando cubrir la podredumbre económica real con una ilusión digital. Es como si, ante un edificio inclinado por cimientos dañados, los gestores solo le dieran una mano de pintura brillante a la fachada.
El intento del gobierno de Maduro de resolver los problemas institucionales mediante tecnología es un error en sí mismo. El valor de una criptomoneda sigue dependiendo de la confianza en su emisor. En un país con una inflación de millones por ciento y donde la vida básica no está garantizada, ¿qué credibilidad puede tener el gobierno? La población ya no confía en su moneda tradicional, ¿cómo aceptarían una moneda digital completamente nueva?
El Petro, en realidad, agotó las últimas reservas de confianza en el gobierno.
Imagina a una jubilada, cuyos ahorros han sido devorados por la inflación, y que ahora recibe su pensión en Petro. Ella saca su teléfono, entra en varias tiendas, y siempre recibe la misma respuesta: “No aceptamos eso”, o “el sistema está caído”.
El problema fundamental de Venezuela radica en su estructura económica. El país padece la enfermedad de “la enfermedad de Holanda”, demasiado dependiente del petróleo, con una industria manufacturera en declive y una economía extremadamente monolítica. Cuando el precio del petróleo cae, toda la economía colapsa. El Petro intenta usar el petróleo como ancla, pero solo aumenta la dependencia del petróleo sin resolver los problemas estructurales.
En la práctica, el gobierno venezolano carece de las capacidades técnicas y operativas básicas para implementar proyectos blockchain. Desde fallos en los datos de la cadena, hasta errores en los sistemas de pago y mecanismos de precios arbitrarios, cada detalle revela un equipo improvisado, incluso peor que un estudio externo en Shenzhen.
Hoy, el Petro ha sido completamente olvidado en la historia. El “experimento de Maduro” terminó en un fracaso rotundo, y Venezuela sigue hundida en la crisis, con su gente sufriendo en medio de la inflación.
La verdadera salida del país no está en buscar otro “Petro” digital, sino en tener el valor de afrontar la realidad, volver a la sensatez y comenzar esa transformación que ya debería haberse iniciado hace mucho tiempo.