12 de diciembre, Wall Street vuelve a quedar asombrada por la valoración de SpaceX.
Según un memorando interno de venta de acciones de la compañía, la valoración de SpaceX ha alcanzado los 800 mil millones de dólares, y según el objetivo de Musk, en su primera oferta pública (IPO) podría superar los 1.5 billones de dólares, superando el récord de 1.7 billones de dólares de Saudi Aramco en su salida a bolsa en 2019, convirtiéndose en la IPO de mayor escala en la historia de la humanidad.
Detrás de esta cifra se esconde un secreto aún mayor: lo que respalda la altísima valoración de SpaceX ha evolucionado desde los cohetes en sí hasta el imperio de Internet satelital más grande del mundo, Starlink.
De “perdedor en manufactura” a gigante aeroespacial en 23 años
Volviendo a 2001, Musk, con 30 años, acababa de convertir en efectivo varios cientos de millones de dólares tras vender PayPal, y podía haber disfrutado de una vida acomodada en Silicon Valley. Pero tomó una decisión loca: construir cohetes y viajar a Marte.
Nadie apoyaba esa idea. En ese año, Musk incluso viajó a Moscú, intentando comprar cohetes de segunda mano a Rusia. El resultado fue humillante: los diseñadores rusos le dijeron que “no entendía de aeroespacial” y le ofrecieron precios exorbitantes. En el vuelo de regreso, Musk, tecleando en su ordenador, de repente mostró una tabla: “Podemos fabricarlos nosotros mismos.”
En febrero de 2002, en un almacén abandonado de 75,000 pies cuadrados en las afueras de Los Ángeles, se fundó SpaceX. Musk aportó 100 millones de dólares como capital inicial.
Pero la realidad pronto golpeó duramente a este idealista: construir cohetes requiere mucho más capital del que imaginaba. Los gigantes centenarios Boeing, Lockheed Martin y otros controlaban todo el mercado, acostumbrados a pedidos gubernamentales con precios astronómicos, y solo tenían una actitud hacia este “intruso”: burlarse.
La contraofensiva en el momento de la desesperación
Luego vinieron una serie de fracasos.
En 2006, el cohete Falcon 1 explotó 25 segundos después del despegue. En 2007, el segundo intento también fracasó. En 2008, el tercer intento fue el más brutal: el cohete se desintegró en el aire.
Los comentarios burlones eran abrumadores. Algunos criticaron con dureza: “¿Crees que los cohetes son como programar? ¿Se pueden parchear?”
2008 fue el momento más oscuro en la vida de Musk. La crisis financiera azotaba el mundo, Tesla estuvo a punto de quebrar, su esposa lo dejó, y los fondos de SpaceX solo alcanzaban para un último lanzamiento. Si fallaba, todo desaparecería en humo.
El golpe más duro vino de su ídolo: “El primer hombre en la Luna” Armstrong y “el último en la Luna” Cernan, expresaron públicamente que no confiaban en su plan. Armstrong incluso dijo fríamente: “No entiendes las cosas que no comprendes.”
En entrevistas posteriores, Musk recordó esos días con lágrimas en los ojos. Dijo: “Todos ellos son mis héroes, fue muy difícil. Realmente espero que puedan ver cuánto trabajo me costó.”
El milagro de la cuarta vez
El 28 de septiembre de 2008, la sala de control quedó en silencio.
Falcon 1 despegó, y la llama iluminó la noche. Nueve minutos después, los motores se apagaron según lo planeado, y la carga útil entró en la órbita prevista. El centro de control estalló en aplausos como truenos, Musk levantó los brazos, y su hermano, a su lado, lloraba desconsoladamente.
SpaceX se convirtió en la primera empresa privada aeroespacial en lanzar con éxito un cohete a la órbita.
El 22 de diciembre, NASA llamó por teléfono, poniendo fin a la desesperación de 2008: SpaceX obtuvo un contrato de 1.600 millones de dólares para 12 viajes de ida y vuelta a la estación espacial. Musk exclamó: “Amo a NASA”, e incluso cambió la contraseña de su ordenador a “ilovenasa”.
Tras estar al borde de la muerte, SpaceX sobrevivió.
Usar materiales “baratos” para ingeniería de primera
Sobrevivir fue solo el comienzo. Musk insistió en un objetivo que parecía irracional: los cohetes deben ser reutilizables.
Casi todos los expertos del sector estaban en contra. Pero Musk descompuso todas las dudas con principios de primera causa: si los aviones se desechan tras un vuelo, nadie puede permitirse volar; si los cohetes no son reutilizables, la aeroespacial será siempre un juego para unos pocos.
En 2001, Musk analizó en una hoja de Excel la estructura de costos de fabricar cohetes. Descubrió que los costos de fabricación estaban artificialmente inflados por los gigantes tradicionales de la aeroespacial en decenas de veces: un tornillo costaba cientos de dólares, mientras que las materias primas en la London Metal Exchange se vendían por solo unos pocos dólares. Los costos estaban inflados artificialmente, y eso podía ser reducido por la misma vía.
El 21 de diciembre de 2015, llegó un momento histórico. Falcon 9, con 11 satélites a bordo, fue lanzado desde Cabo Cañaveral. Diez minutos después, el primer nivel de propulsión aterrizó verticalmente en la plataforma de Florida, como en una película de ciencia ficción.
Las viejas reglas de la industria aeroespacial fueron completamente destruidas. La era del aeroespacial barato fue inaugurada por esta antigua “perdedora”.
Al desarrollar la nave Starship (para colonizar Marte), Musk desafió nuevamente el consenso del sector. Todos pensaban que solo con materiales de fibra de carbono se podía llegar a Marte. Pero Musk hizo un cálculo: la fibra de carbono cuesta 135 dólares por kilogramo y requiere costosos sistemas de aislamiento térmico; en cambio, el acero inoxidable 304 (material de los tanques de agua) cuesta solo 3 dólares por kilogramo, tiene un punto de fusión de 1400 grados y, en temperaturas criogénicas de oxígeno líquido, su resistencia aumenta.
Sumando el peso del sistema de aislamiento, el cohete de acero inoxidable tiene un peso total comparable al de uno de fibra de carbono, pero su costo se reduce en 40 veces.
SpaceX rompió por completo las cadenas de la fabricación de precisión. Ya no necesitan salas limpias; en los desiertos de Texas, pueden montar una tienda y soldar cohetes como si construyeran tanques de agua. Si se rompe, no importa; solo hay que limpiar los fragmentos y seguir mañana.
Starlink: la verdadera máquina de hacer dinero
Los avances tecnológicos impulsaron una valoración en auge. De 1.300 millones de dólares en 2012, a 400 mil millones en julio de 2024, y ahora a 800 mil millones de dólares, SpaceX “ha despegado”.
Pero lo que realmente sostiene esa valoración astronómica no son los cohetes, sino Starlink.
Este constelación de miles de satélites en órbita baja está convirtiéndose en el mayor proveedor de Internet del mundo, transformando la aeroespacial de un espectáculo visual a una infraestructura básica, como el agua o la electricidad. Ya sea en un crucero en el Pacífico o en las ruinas en medio de la guerra, con solo un receptor del tamaño de una caja de pizza, la señal cae desde la órbita baja.
Hasta noviembre de 2025, Starlink tiene 7,65 millones de suscriptores activos en todo el mundo, y el número real de usuarios supera los 24,5 millones. El mercado de Norteamérica aporta el 43% de las suscripciones, mientras que mercados emergentes como Corea y el Sudeste Asiático aportan el 40% de los nuevos usuarios.
Esta es también la verdadera razón por la que Wall Street se atreve a poner valoraciones astronómicas a SpaceX: no por la frecuencia de lanzamientos, sino por los ingresos recurrentes que genera Starlink.
Los datos financieros muestran que SpaceX espera ingresos de 15 mil millones de dólares en 2025, y en 2026 podrían subir a entre 22 y 24 mil millones, con más del 80% procedente del negocio de Starlink. SpaceX ha completado su transformación, pasando de ser un contratista aeroespacial dependiente de contratos a convertirse en un gigante de las telecomunicaciones con una barrera de entrada casi monopolística.
La ambición final en la víspera de la IPO
Según el plan de Musk, en 2026 la IPO recaudará más de 30 mil millones de dólares, superando los 29 mil millones de dólares de Saudi Aramco.
Pero para Musk, la IPO no es una “salida” tradicional para realizar ganancias, sino un costoso “refuel” (repostaje).
En 2022, dijo a sus empleados con desdén: “Salir a bolsa es una invitación al sufrimiento, el precio de las acciones solo distrae.” Tres años después, cambió de actitud, solo por una razón: necesita más dinero.
Según su calendario, en dos años la primera nave Starship realizará pruebas de aterrizaje en Marte sin tripulación; en cuatro años, los humanos dejarán huellas en la superficie roja de Marte. En 20 años, con 1000 naves Starship, se establecerá una ciudad autosuficiente en Marte, aunque los costos siguen siendo astronómicos.
Musk ha declarado en varias entrevistas que el único propósito de acumular riqueza es convertir a la humanidad en una “especie multiplanetaria”.
Desde esta perspectiva, los cientos de millones de dólares recaudados en la IPO son la “tarifa de paso interestelar” que Musk cobra a los habitantes de la Tierra. Esos fondos recaudados, en última instancia, se convertirán en combustible, acero y oxígeno, pavimentando el largo camino hacia Marte.
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La apuesta de 1.5 billones de dólares de SpaceX: de ser objeto de burla a redefinir las reglas de la exploración espacial
12 de diciembre, Wall Street vuelve a quedar asombrada por la valoración de SpaceX.
Según un memorando interno de venta de acciones de la compañía, la valoración de SpaceX ha alcanzado los 800 mil millones de dólares, y según el objetivo de Musk, en su primera oferta pública (IPO) podría superar los 1.5 billones de dólares, superando el récord de 1.7 billones de dólares de Saudi Aramco en su salida a bolsa en 2019, convirtiéndose en la IPO de mayor escala en la historia de la humanidad.
Detrás de esta cifra se esconde un secreto aún mayor: lo que respalda la altísima valoración de SpaceX ha evolucionado desde los cohetes en sí hasta el imperio de Internet satelital más grande del mundo, Starlink.
De “perdedor en manufactura” a gigante aeroespacial en 23 años
Volviendo a 2001, Musk, con 30 años, acababa de convertir en efectivo varios cientos de millones de dólares tras vender PayPal, y podía haber disfrutado de una vida acomodada en Silicon Valley. Pero tomó una decisión loca: construir cohetes y viajar a Marte.
Nadie apoyaba esa idea. En ese año, Musk incluso viajó a Moscú, intentando comprar cohetes de segunda mano a Rusia. El resultado fue humillante: los diseñadores rusos le dijeron que “no entendía de aeroespacial” y le ofrecieron precios exorbitantes. En el vuelo de regreso, Musk, tecleando en su ordenador, de repente mostró una tabla: “Podemos fabricarlos nosotros mismos.”
En febrero de 2002, en un almacén abandonado de 75,000 pies cuadrados en las afueras de Los Ángeles, se fundó SpaceX. Musk aportó 100 millones de dólares como capital inicial.
Pero la realidad pronto golpeó duramente a este idealista: construir cohetes requiere mucho más capital del que imaginaba. Los gigantes centenarios Boeing, Lockheed Martin y otros controlaban todo el mercado, acostumbrados a pedidos gubernamentales con precios astronómicos, y solo tenían una actitud hacia este “intruso”: burlarse.
La contraofensiva en el momento de la desesperación
Luego vinieron una serie de fracasos.
En 2006, el cohete Falcon 1 explotó 25 segundos después del despegue. En 2007, el segundo intento también fracasó. En 2008, el tercer intento fue el más brutal: el cohete se desintegró en el aire.
Los comentarios burlones eran abrumadores. Algunos criticaron con dureza: “¿Crees que los cohetes son como programar? ¿Se pueden parchear?”
2008 fue el momento más oscuro en la vida de Musk. La crisis financiera azotaba el mundo, Tesla estuvo a punto de quebrar, su esposa lo dejó, y los fondos de SpaceX solo alcanzaban para un último lanzamiento. Si fallaba, todo desaparecería en humo.
El golpe más duro vino de su ídolo: “El primer hombre en la Luna” Armstrong y “el último en la Luna” Cernan, expresaron públicamente que no confiaban en su plan. Armstrong incluso dijo fríamente: “No entiendes las cosas que no comprendes.”
En entrevistas posteriores, Musk recordó esos días con lágrimas en los ojos. Dijo: “Todos ellos son mis héroes, fue muy difícil. Realmente espero que puedan ver cuánto trabajo me costó.”
El milagro de la cuarta vez
El 28 de septiembre de 2008, la sala de control quedó en silencio.
Falcon 1 despegó, y la llama iluminó la noche. Nueve minutos después, los motores se apagaron según lo planeado, y la carga útil entró en la órbita prevista. El centro de control estalló en aplausos como truenos, Musk levantó los brazos, y su hermano, a su lado, lloraba desconsoladamente.
SpaceX se convirtió en la primera empresa privada aeroespacial en lanzar con éxito un cohete a la órbita.
El 22 de diciembre, NASA llamó por teléfono, poniendo fin a la desesperación de 2008: SpaceX obtuvo un contrato de 1.600 millones de dólares para 12 viajes de ida y vuelta a la estación espacial. Musk exclamó: “Amo a NASA”, e incluso cambió la contraseña de su ordenador a “ilovenasa”.
Tras estar al borde de la muerte, SpaceX sobrevivió.
Usar materiales “baratos” para ingeniería de primera
Sobrevivir fue solo el comienzo. Musk insistió en un objetivo que parecía irracional: los cohetes deben ser reutilizables.
Casi todos los expertos del sector estaban en contra. Pero Musk descompuso todas las dudas con principios de primera causa: si los aviones se desechan tras un vuelo, nadie puede permitirse volar; si los cohetes no son reutilizables, la aeroespacial será siempre un juego para unos pocos.
En 2001, Musk analizó en una hoja de Excel la estructura de costos de fabricar cohetes. Descubrió que los costos de fabricación estaban artificialmente inflados por los gigantes tradicionales de la aeroespacial en decenas de veces: un tornillo costaba cientos de dólares, mientras que las materias primas en la London Metal Exchange se vendían por solo unos pocos dólares. Los costos estaban inflados artificialmente, y eso podía ser reducido por la misma vía.
El 21 de diciembre de 2015, llegó un momento histórico. Falcon 9, con 11 satélites a bordo, fue lanzado desde Cabo Cañaveral. Diez minutos después, el primer nivel de propulsión aterrizó verticalmente en la plataforma de Florida, como en una película de ciencia ficción.
Las viejas reglas de la industria aeroespacial fueron completamente destruidas. La era del aeroespacial barato fue inaugurada por esta antigua “perdedora”.
Al desarrollar la nave Starship (para colonizar Marte), Musk desafió nuevamente el consenso del sector. Todos pensaban que solo con materiales de fibra de carbono se podía llegar a Marte. Pero Musk hizo un cálculo: la fibra de carbono cuesta 135 dólares por kilogramo y requiere costosos sistemas de aislamiento térmico; en cambio, el acero inoxidable 304 (material de los tanques de agua) cuesta solo 3 dólares por kilogramo, tiene un punto de fusión de 1400 grados y, en temperaturas criogénicas de oxígeno líquido, su resistencia aumenta.
Sumando el peso del sistema de aislamiento, el cohete de acero inoxidable tiene un peso total comparable al de uno de fibra de carbono, pero su costo se reduce en 40 veces.
SpaceX rompió por completo las cadenas de la fabricación de precisión. Ya no necesitan salas limpias; en los desiertos de Texas, pueden montar una tienda y soldar cohetes como si construyeran tanques de agua. Si se rompe, no importa; solo hay que limpiar los fragmentos y seguir mañana.
Starlink: la verdadera máquina de hacer dinero
Los avances tecnológicos impulsaron una valoración en auge. De 1.300 millones de dólares en 2012, a 400 mil millones en julio de 2024, y ahora a 800 mil millones de dólares, SpaceX “ha despegado”.
Pero lo que realmente sostiene esa valoración astronómica no son los cohetes, sino Starlink.
Este constelación de miles de satélites en órbita baja está convirtiéndose en el mayor proveedor de Internet del mundo, transformando la aeroespacial de un espectáculo visual a una infraestructura básica, como el agua o la electricidad. Ya sea en un crucero en el Pacífico o en las ruinas en medio de la guerra, con solo un receptor del tamaño de una caja de pizza, la señal cae desde la órbita baja.
Hasta noviembre de 2025, Starlink tiene 7,65 millones de suscriptores activos en todo el mundo, y el número real de usuarios supera los 24,5 millones. El mercado de Norteamérica aporta el 43% de las suscripciones, mientras que mercados emergentes como Corea y el Sudeste Asiático aportan el 40% de los nuevos usuarios.
Esta es también la verdadera razón por la que Wall Street se atreve a poner valoraciones astronómicas a SpaceX: no por la frecuencia de lanzamientos, sino por los ingresos recurrentes que genera Starlink.
Los datos financieros muestran que SpaceX espera ingresos de 15 mil millones de dólares en 2025, y en 2026 podrían subir a entre 22 y 24 mil millones, con más del 80% procedente del negocio de Starlink. SpaceX ha completado su transformación, pasando de ser un contratista aeroespacial dependiente de contratos a convertirse en un gigante de las telecomunicaciones con una barrera de entrada casi monopolística.
La ambición final en la víspera de la IPO
Según el plan de Musk, en 2026 la IPO recaudará más de 30 mil millones de dólares, superando los 29 mil millones de dólares de Saudi Aramco.
Pero para Musk, la IPO no es una “salida” tradicional para realizar ganancias, sino un costoso “refuel” (repostaje).
En 2022, dijo a sus empleados con desdén: “Salir a bolsa es una invitación al sufrimiento, el precio de las acciones solo distrae.” Tres años después, cambió de actitud, solo por una razón: necesita más dinero.
Según su calendario, en dos años la primera nave Starship realizará pruebas de aterrizaje en Marte sin tripulación; en cuatro años, los humanos dejarán huellas en la superficie roja de Marte. En 20 años, con 1000 naves Starship, se establecerá una ciudad autosuficiente en Marte, aunque los costos siguen siendo astronómicos.
Musk ha declarado en varias entrevistas que el único propósito de acumular riqueza es convertir a la humanidad en una “especie multiplanetaria”.
Desde esta perspectiva, los cientos de millones de dólares recaudados en la IPO son la “tarifa de paso interestelar” que Musk cobra a los habitantes de la Tierra. Esos fondos recaudados, en última instancia, se convertirán en combustible, acero y oxígeno, pavimentando el largo camino hacia Marte.